jueves, 2 de noviembre de 2017

 
PERFIL DE UNA COMUNIDAD CRISTIANA A PARTIR DE


LOS HECHOS DE LOS APOSTOLES 2, 36-47 
 
El taller de lectio “Palabra y Vida” quiere compartir, esta sencilla reflexión -fruto de la lectio- con el deseo de formar comunidades a imagen de la que nos propone este texto de los apóstoles.
 

Perfil de una comunidad cristiana, a partir de Hechos 2, 42-47; 3, 1-10.

La primera comunidad cristiana. Esta comunidad está formada por un grupo de personas convertidas, que han abrazado la fe predicada por los Apóstoles. La conversión les ha llevado al bautismo, el cual reciben en el nombre de Jesucristo. Y, Dios, a su vez, les otorga como don, el Espíritu Santo. Es una comunidad que está en camino de salvación, lejos de creerse que ya han llegado, y que ya está salvada. Es a partir de la experiencia, del don del Espíritu, que la comunidad se va construyendo con unas características propias:

1)      Una comunidad que se sabe heredera de una promesa, que no solamente le corresponde a ella sola, sino también a sus hijos y a todos los extranjeros que reciban la llamada del Señor.

2)      Una comunidad, abierta, a la universalidad de razas pueblos y naciones; llamada a la acogida y la evangelización, al anuncio de Jesucristo al mundo entero.

3)      Podemos decir que la constancia es una de las características de esta comunidad (constante, constancia). Sin la cual no podemos avanzar en el camino de la salvación.

4)      El compartir/repartir tiene una gran fuerza: “compartían en familia, con sencillez y alegría sincera” (v. 46).

5)      La oración, expresada de distintas maneras, tiene un lugar importante en la comunidad: partían el pan, es decir, en lenguaje actual: celebraban la eucaristía, a diario acudían al templo, con constancia e íntima armonía, estaban unidos. Juntos alababan a Dios. En esta comunidad vemos la importancia que le dan a la oración comunitaria y a la unidad. Esto indica la expresión de una comunidad viva.

6)      Vivian en mutuo acuerdo, todo lo compartían, lo que tenían lo ponían en común. Esta experiencia es la que vivimos en la vida monástica: todo se pone en común, no solamente el tener, sino el ser, el saber y el hacer, es decir los dones que Dios te ha dado para el servicio del bien común.

7)      La armonía y unidad elementos esenciales: vivían en un mutuo acuerdo. Testimonio evangélico de unidad.

8)      La escucha de las enseñanzas de los Apóstoles. Es una comunidad que se forma y se deja enseñar por los Apóstoles.

9)      Es una comunidad que tiene cierto atractivo, “arrastre”, capacidad de convocatoria. Pues dice el texto: “Toda la gente los miraba con simpatía” (v. 47).

10)   Y como respuesta a su manera de vivir y actuar, reciben la bendición de Dios con el “aumento” y “crecimiento” de la comunidad.

11)   Es una comunidad que se pone “a salvo de este mundo corrupto” (v. 40), para vivir de otra manera. “Padre no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn 17, 15).

 
La manera de vivir y el resultado de esta comunidad, nos lleva a reflexionar y profundizar en nuestras comunidades eclesiales, parroquiales y también religiosas. Y, por supuesto, en nuestro propio compromiso bautismal. ¿Por qué nuestras comunidades no crecen sino que disminuyen?

 

      Ante esta visión comunitaria de las primeras comunidades:

      ¿Cuál es nuestro reto?



 

     
¿Qué hago yo para formar comunidad de fe y de celebración?

Más que nunca necesitamos de la comunidad para vivir la fe, en nuestros días es difícil de vivir la fe en solitario. Urge crear comunidades vivas donde se pueda celebrar, orar, compartir y festejar. El sentido festivo es importante en las comunidades. La unidad y la alegría dos valores que por ellos mismos evangeliza, atraen. Estamos llamados a formar pequeñas comunidades de vida donde podamos vivir la fe con gozo y entusiasmo y, tal vez, de esta manera seamos fermento en la masa.
Sor Carmen Herrero Martínez

viernes, 6 de octubre de 2017

LA AMISTAD COMO DON Y REGALO


LA AMISTAD COMO DON Y REGALO 


 

En un mundo tan comercializado, donde solamente cuenta el dinero, el poder, el tener y placer ¿Será posible vivir la amistad como don y regalo?
Los seres humanos necesitamos la amistad, y todavía más en un mundo tan individualista, fraccionado y depresivo como el que estamos construyendo.
Veamos algunas ideas sobre la gratuidad de la amistad y sus beneficios, e intentemos hacerlas propias, creando una cultura de gratuidad, de relación y de amistad.
La verdadera amistad es aquella en la que los amigos se ayudan a vivir su propia identidad en el propio estado de vida, desde el respeto, el cariño y la aceptación del otro, desde lo que él/ella es, piensa y vive.
La verdadera amistad es aquella que ayuda a crecer, a madurar, a caminar en libertad y seguridad. La verdadera amistad es y da todo eso y más.
La amistad es la puerta del corazón abierta de par en par, donde se puede entrar, sentir la acogida sincera del amigo, descansar al calor del “hogar” y reconfortado volver a emprender el camino, con una ilusión renovada.
La amistad es un abrazo sincero, entrañable, leal y cariñoso, que te vivifica y te llena de paz y dinamismo.
La amistad es una mano cálida, siempre abierta y tendida para acariciarte y consolarte
una mirada clara y penetrante que comprende, anima y transforma,
una sonrisa que acoge, alienta, comunica vida y entusiasmo.
una empatía que se une tanto a tu sufrimiento como a tu éxito y alegría
un encuentro gozoso en el que puedo ser yo mismo
una palabra que anima, reconforta y alienta desde el amor y la confianza.
La amistad también es corrección, realizada desde el amor y por amor.
La amistad ayuda a cuestionarte y a superarte; llevándote hacer la verdad en tu vida.
La amistad también es un aplauso, un elogio que te estimula, te da seguridad y te alienta en tu ser más profundo.
La amistad es un dar, un darse sin exigir nada a cambio. Y, a su vez, un saber recibir.
El dar y el recibir, dos verbos que construyen toda relación de amistad.
La amistad es una entrega sin buscar recompensa, un darse por el bien del amigo
La amistad es un amor fiel, discreto, puro y sencillo, como una cristalina fuente que mana y sacia la sed del caminante sin retenerlo, sin guardarlo para sí.
La verdadera amistad es don reciproco, sin ningún interés egoísta.
El amor más puro y leal, es el amor de la amistad.
Amistad, gratuidad y libertad, siempre van de la mano.
La amistad es admiración, profunda y discreta del amigo
La amistad es una fiesta.
La verdadera amistad no tiene precio, ¡es gratuidad! ¡Corre tras ella! Y ¡Cuídala!

domingo, 3 de septiembre de 2017

LUCHA POR UN MUNDO NUEVO


OH, DIOS, TODOS SOMOS TUS HIJOS AMADOS

 

Oh, Dios, Creador del Universo y de la Humanidad.

Todos venimos a ti como a nuestro único Creador.

Los hindúes te llaman Ohm, que significa el todo Poderoso,

los judíos te llaman Yahveh,

los cristianos te llaman Padre,

los musulmanes te llaman Alá.

Tú eres el Padre bueno y misericordiosos de todos tus hijos, aunque te invoquemos con nombres diferentes.

Todos somos hijos tuyos y formamos la misma familia universal, que es tu Creación, la hechura de tus tiernas y delicadas manos.

Padre, tú eres el Arpa, y nosotros somos las diferentes cuerdas de esa arpa que no siempre reproduce notas armoniosas y afinadas; pero seguimos siendo tus cuerdas, tu pertenencia, en ti estamos injertados, asidos.

Concédenos la gracia de vibrar al unísono, de no ser notas discordantes, que rompan la belleza y la armonía de tu Amor creador, de tu Amor bondadoso y misericordioso.

Y que la paz, la justicia, la unidad y fraternidad reinen en nuestros corazones y entre todos tus hijos, creados a tu imagen y semejanza, y así un mundo más humano y divino sea posible.

Somos diferentes, pero tu paternidad divina nos reúne y nos hermana. Tu encarnación es para todos, a todos has venido a salvar.

Debemos de sentirnos hermanos, que necesidad los unos de los otros, para construir un mundo mejor, más humano, más justo; desechando de nosotros los prejuicios, recelos y miedos que crean barreras, nos paralizan y nos alejan los unos de los otros. Ayúdanos a tomar conciencia de nuestra filiación divina, de nuestra paternidad común la cual debe llevarnos a sentirnos hermanos, a vivir la fraternidad universal.

Urge construir una sociedad donde reine la libertad y el respeto a las diferentes maneras de vivir la fe en ese Ser supremo, tal y como cada religión lo concibe.

Siendo todos, hijos tuyos, y miembros de la misma familia Universal, ayúdanos a sentirnos hermanos los unos de los otros, mensajeros de tu Paz, de Unidad y Fraternidad. Sembradores de reconciliación y de esperanza, con la certeza de que un mundo más justo y más bondadoso es posible, si cada uno se empeña en la construcción de una nueva sociedad donde el amor y la verdad se hagan realidad. “Vivir en verdad”, es urgente. La mentira arruina la conciencia del ser humano y de toda sociedad.

Cada persona es una piedra viva en la construcción de la sociedad, cada una es única e indispensable en esta tarea común de construir un mundo distinto del que nos toca vivir; de un mundo más humano donde los valores fundamentales sean visibles, vividos y respetados.

¡Qué bueno sería que la economía estuviese al servicio de todos, para el desarrollo de los países más pobres y personas más necesitadas. Y que los políticos viviesen su cargos como un servicio, como una entrega al pueblo que les ha elegido para la misión que desempeñan, o debieran desempeñar.

A los gobernantes de las naciones dales, Señor, la inteligencia y la sabiduría que les lleven a respetar, proteger y consentir a las diferentes creencias de los ciudadanos que son la riqueza de un pueblo, el patrimonio más precioso y “sagrado”, el cual merece un cuidado y respeto especial.

Querer borrar las creencias o reducirlas al ámbito privado, es una destrucción, y esta destrucción regenera represión, odio, venganza, guerras y muerte. Los políticos, ¿aprenderán un día a reconocer y respetar lo que realmente constituye la razón del ser humano? Desde los tiempos remotos las personas se han mostrado religiosas y creyentes. ¿Por qué oponerse con tanta saña a esta realidad grabada profundamente el ser de toda creatura?

Tengamos la esperanza de que un mundo mejor es posible, donde cada ciudadano pueda vivir en armonía consigo mismo, con sus creencias y con sus hermanos en humanidad; reproduciendo una misma y bella pieza musical en colaboración por el bien de todos, donde suene con brío y armonía los acordes de la tolerancia, la justicia, la paz, la amistad, la igualdad y la fraternidad. Deshechando la violencia, del tipo que sea, las gueras que tanto dolor humano generan.

Pero tengamos en cuenta que “quien te creo sin ti, no te salvará sin ti” (san Agustín).

Tu colaboración y la mía es necesaria, urgente, indispensable. Entonces, ¡pongamos a la obra sin tardar! El mundo grita para que surjan hombres y mujeres constructores de paz, tolerancia, concordia y fraternidad.

Y termino con el canto de “Santa María del Camino” de Juan Antonio Espinosa.

 
“Aunque te digan algunos que nada puede cambiar,

lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad.

Aunque parezcan tus pasos inútil caminar,

tú vas haciendo caminos otros los seguirán.”

*  *  *
Carmen Herrero Martínez

domingo, 30 de julio de 2017


    FRENTE AL MAR



“Tomar un nuevo vuelo de libertad”

Desde siempre tuve miedo al mar, su grandeza y majestad me intimidan; para mí el mar resultaba algo tan grandioso como infranqueable. Ante su inmensidad me sentía tan pequeña e impotente, que me refugiaba en el miedo y temor. Desde siempre he preferido la montaña, pues la montaña la encuentro más “abordable” para mí; me da más seguridad y confianza. Ante el mar me pasa como a Pedro: tengo miedo de hundirme, de caer en el vacío. El vacío, siempre ha sido para mí una sensación de pánico, difícil de explicar. El vacío y la nada van juntos, y esto, me horroriza. ¡Misteriosa realidad! ¡Sólo de pensarlo me entra vértigo! Esta nada y vacio, nada tiene que ver con “las Nadas” de San Juan de la Cruz que, justamente, es un vaciarse de todo aquello que llena el espacio de nuestro ser, para dejarlo más “limpio”, más “puro” “sin nada”, con el fin de que sea Dios, y sólo Dios, quien lo llene; y de esta manera vivamos de su plenitud, de su Presencia. Entonces ya no hay vacio, pues Su Presencia llena plenamente la capacidad de la creatura.

Este tiempo, viviendo a la orilla del mar, en mí se ha cambiado el miedo y temor en la admiración de su grandeza, en la contemplación de su belleza, esa belleza que recibe de su Creador. Para adentrarme mar adentro, he tenido que pasar muchas horas contemplando su inmensidad, pasearme junto a él y sentir la brisa suave de sus olas impregnadas de fragancia frescura y suavidad; para que en mí se realizase esta transformación y cesase el miedo y termo. El hecho de vivir cierto tiempo a orillas del mar ha hecho que se diese ese cambio, aunque para mí, la montaña sigue teniendo su prioridad.

Cuando escribo estas líneas me encuentro junto al mar, en la puerta de la ermita de san Roque, Garachico, Tenerife. Hace un día maravilloso, primaveral y no me he resistido a la “tentación” de dejar mi ordenador, es decir, mi trabajo, para concederme el “regalo” de estar cerca, mirar, contemplar y admirar el gran espectáculo que resulta la alta marea, ¡algo extraordinario! Me entusiasma contemplar esos cambios que a lo largo del día pueden realizarse en el mar.

Contemplo las diferentes tonalidades de azul tan distintas, las cuales se fusionan y se unen en el lejano horizonte, allá a lo lejos, dando la impresión de fundirse en el azul celeste del cielo, con sus nubes lejanas como relieve de esas diversas tonalidades que se difunden en una mismo lienzo, resultando como un maravilloso encaje tejido por las manos más finas y delicadas de su Pintor.

El mar está bravo, las olas alcanzan hasta la orilla y acarician todo mi ser. Sensación inexplicable, en este maravilloso marco de belleza a la que se unen las sencillas palomas y elegantes gaviotas para acompañarme y romper mi soledad. Unas están entretenidas picoteando en las orillas y arrastrándose entre las arenas, otras en cambio, se elevan de la arena de una manera decidida, de terminada y elegante para escalar las alturas y así lograr la libertad.

La vida en el muelle, en las orillas, es demasiado monótona y vulgar, para aquellas gaviotas que se sienten llamadas a volar alto, para aquellas que buscan horizontes de libertad, plenitud e inmensidad. Por eso, ciertas gaviotas se arriesgan a volar alto, kilómetros y kilómetros, a lo largo y ancho del océano, aunque no sepan con certeza el riesgo que ello supone ni donde un día podrán aterrizar. Poco importa el riego, el cansancio, las contorsiones de sus alas y de su ser entero. Lo que importa es emprender un nuevo vuelo, experimentar un halo de libertad que les lleve al encuentro con la Roca que es Cristo, y en ella poder descansar.

Por supuesto que me siento plenamente identificada con estas gaviotas que han emprendido el vuelo. Yo también tengo ansias de libertad, de altura, de horizonte que me lleve a la plenitud, a la inmensidad, la cual, una no sabe si está en las alturas o en las profundidades o, tal vez, en las dos, porque Dios está en todas la partes, también en el muelle, junto aquellas gaviotas que nunca lograrán vuelos de libertad.

Lo que cambia es el destino de cada gaviota, porque para cada una es distinto; pues mientras a unas les basta y se conforman con quedarse en el muelle, entretenidas en comer “las migajas que caen de la mesa”, pasando así las horas y los días de manera monótona y sin mayor interés ni aliciente; las otras, en cambio, prefieren arriesgarse y emprender un nuevo vuelo, el vuelo de la “aventura”, pese al riesgo que él supone. En efecto, el vuelo las aleja del muelle, sin tener la certeza de adónde el “viento” las puede llevar. Poco importa, lo importante es arriesgarse a emprender el vuelo, un nuevo camino, con la certeza de que todo camino lleva a un término. Quien no se arriesga nunca hace camino y como dice nuestro poeta: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Ahora bien, ese camino se hace en tierra, pero cuando se camina entre el mar y el cielo, ¿qué camino hacer? ¿Qué huellas seguir? ¡Pobres gaviotas! Extenuadas del camino, con sus alas heridas por el viento, y su cuerpo maltratado por las lluvias torrenciales y el sol radiante ¿cómo seguir volando? La sola y única seguridad la tienen en aquella gaviota que las guía con sabiduría e inteligencia y en la que han puesto toda su confianza, esa gaviota se llama: Espíritu Santo. Con él están seguras de llegar al buen puerto, al puerto donde podrán saciarse de aquello que fueron a buscar: horizontes de libertad, amistad, belleza, inmensidad, amor, plenitud, en definitiva eternidad: Dios, pues, el termino de todo camino es El, el hogar, la casa paterna y materna que nos espera para acogernos con inmenso amor y ternura al atardecer de nuestro vuelo.

Ante tal certeza, ¿qué puede importar el riesgo? ¿Por qué temer a las heridas de nuestras alas hechas añicos por la lucha y el desgaste del camino, si al final de la meta nos aguarda ese hogar cálido y acogedor, donde podremos descansar de todos nuestra fatigas y gozar de la visión y la unión plena de Aquel por el cual hemos emprendido el vuelo, desde la esperanza y el amor gozoso del encuentro?

Vivir en “las alturas” da otro horizonte, la vida se ve y se vive de muy distinta manera, con más profundidad y, a la vez, con un cierto relativismo  pues, se va a lo esencial. Desde las alturas la perspectiva de las cosas y acontecimientos cambia, y de alguna manera ya se goza de la nueva ciudad que nos espera: la Ciudad Santa, (cf. Apocalipsis, 21,1ss), la Jerusalén celeste, toda bella y armoniosa, con sus preciosas piedras cristalinas, sus lámparas de zafiro, y en medio del trono se encuentra el Cordero, Amor del alma, Aquel por quien las gaviotas emprendieron el vuelo.

Es evidente que la meta de las gaviotas está en encontrarse con el Amado, aunque para ello tengan que pasar por todas las inclemencias y adversidades “meteorológicas” del tiempo, de la noche, para llegar al alba del encuentro feliz.

Volar alto no significa desentenderse de la vida concreta que nos toca vivir, no, todo lo contrario; volar alto significa vivir la vida desde otra dimensión, dándole otra profundidad y altura. Volar alto significa alcanzar la libertad de los hijos de Dios, vivir las exigencias evangélicas y, de alguna manera, ayudar a otras “gaviotas” a que también emprenda el vuelo de la libertad, del amor, de la entrega y de la felicidad.

Quisiera ser como esas gaviotas que se arriesgan a emprender el vuelo de la libertad, de la inmensidad que les espera. ¡Poco se avanza quedándose en el muelle! Únicamente emprendiendo el vuelo es como se puede alcanzar las alturas, vencer la mediocridad, la superficialidad, la rutina del muelle y lograr meta de santidad, de plenitud. Esa plenitud que, de alguna manera, nos hace gustar, ya en el tiempo, los majares exquisitos que nos aguardan en el banquete de las bodas del Cordero; pero para ello no nos conformemos con pasarnos la vida en el mulle, emprendamos el arriesgado y gozoso vuelo de la Libertad.

CUANDO LA GABIOTA TIENEN EL IMPULSO DE VOLAR A LAS ALTURAS,
 

IMPOSIBLE DE RASTREARSE POR EL MUELLE.
 
Carmen Herrero Martínez

domingo, 14 de mayo de 2017

BUSCA LA PAZ Y CORRE TRAS ELLA


Todos los seres humanos buscan y desean la paz.


 Busca la paz y corre tras ella (Salmo 34,15)

Todos los seres humanos buscamos y deseamos la paz. Ella es un tesoro, un estado interior que nos da equilibrio, serenidad y armonía. ¿Quién no desea adquirir, vivir y permanecer en paz, en la paz? Las expresiones, familiares, como: “déjame en paz”, “no me quites la paz”, “quiero vivir en paz”. Expresan la importancia que la paz tiene para las personas. Dice San Agustín: “La paz es un bien tan grande que no puede poseerse otro mejor ni poseer otro más provechosos”. La paz es un tesoro y como todos los tesoros difícil de alcanzar; pero no imposible. Basta querer conseguirlo y darse los medios.
Vivimos en un mundo donde la paz está ausente: conflictos entre las familias, en el mundo laboral, social y entre vecinos; en las comunidades de creyentes y en la misma Iglesia; y no digamos entre las distintas religiones… Todo parece que sea piedra de tropiezo para provocar la discordia, la división y el alejamiento de unos de otros, en definitiva, la perdida de la paz. Y mirando a nivel mundial, vemos los países que están en guerra unos contra otros; con todo lo que esta guerra armada supone de sufrimiento, destrucción y desestabilización de las personas, en definitiva de pérdida de la paz, de estabilidad y bien estar de los pueblos. A todo esto se le añade el terrorismo, azote que tanto desestabiliza a las naciones y tanto sufrimiento conlleva; tantas familias heridas para siempre.
Pero, ¿qué hacer y cómo proceder para ser instrumentos de paz en un mundo en continuo conflicto? Cuando la paz se quiebra, sea a nivel que sea, no podemos echarle toda la culpa al otro ni únicamente a los acontecimientos; pues yo también tengo mi parte de responsabilidad, y si no lo reconozco estoy acentuando el conflicto y la discordia; sin jamás darme la oportunidad de llegar a la reconciliación, tan necesaria para la paz. Echando la culpa a los demás no podemos avanzar por el camino de la paz. Reconocer los errores, los fallos y desaciertos, e incluso la omisión, es un comenzar a reconstruir la paz a nuestro propio nivel y entorno. La paz se quiebra fácilmente, rehacerla es mucho más difícil, todo un arte que requiere tiempo y paciencia y empeño. Dice el salmista. “Busca la paz y corre tras ella dice el salmista” (Sal 34,15).

La paz tan querida y buscada es frágil y quebradiza… De aquí nuestro desvelo y cuidado en cultivarla. La paz requiere una vigilancia esmerada tanto para que reine en mí propio interior, como para que reine en mi contexto familiar, social, laboral y político etc. “Trabajen, oren, hagan todo lo posible por conseguir la paz; pero recuerden que la paz no es nada sin el amor, sin la amistad, sin la tolerancia”. Esto se les decía el papa Francisco a los africanos de Bamgui el 29 de noviembre 2015. El amor, la amistad y la tolerancia. Tres palabras fundamentales para que la paz reine en los corazones y entre las naciones.

Jesús nos ha dejado su paz, «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón» (Jn 14, 27). Tal vez, nuestros conflictos, radican en que no nos apoyamos en la paz que nos ha dejado Cristo, y lo que intentamos es construirla a nuestra manera, a la manera del mundo: superficial y pasajera. Por eso se turba nuestro corazón, porque la confianza la ponemos es nosotros mismo, y la realidad es que por nosotros mimos no llegamos a alcanzarla y menos a trasmitirla y hacer que sea estable.
En la Biblia, la paz implica estar en completa y en permanente armonía con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Por tanto, la paz incluye bienestar, salud, justicia, bendición, seguridad, riqueza, amistad, felicidad, salvación; esa es la paz que nos ofrece Jesús. En la celebración de la eucaristía, antes de la comunión, compartimos esa paz de Jesús. Darse la paz en la celebración litúrgica, no es un gesto de buena educación: el Señor nos da su paz con la condición de que todos nos convirtamos en anunciadores, transmisores y constructores de paz, de Su paz.

 Jesús nos comunica y nos deja su paz. No es una paz cualquiera. Es una paz que debe cambiar nuestra manera de pensar y de vivir como hermanos uno de otros. Como cristianos estamos llamados a ser anunciadores de esta paz, sembradores del amor, constructores de fraternidad, de libertad y de justicia; sin las cuales la paz no es posible. Cada uno a su manera y en su entorno propio, seamos sembradores y constructores de paz. ¡Qué maravillosa misión en medio de este mundo tan hambriento y sediento de paz!

Y termino con las palabras de San Juan Pablo II. que decía: “la paz exige cuatro condiciones esenciales: Verdad, justicia, amor y libertad”.
Oremos sin cesar para que Cristo resucitado nos alcance Su paz, para el mundo, para las familias y para cada uno de los que formamos este maravilloso planeta que es Nuestra Madre Tierra.

sábado, 25 de febrero de 2017

 
ANUNCIO DE CUARESMA 2017
 

 

Con la celebración del Miércoles de Ceniza, una nueva Cuaresma comenzamos. Tiempo de gracia, de conversión y de misericordia, por parte del Padre bueno que constantemente invita a sus hijos al banquete de la Pascua. Pues, Cuaresma es un caminar con alegría y jubilo hacia Pascua, la resurrección de Cristo y nuestra propia resurrección.

Pero, ¿Cómo conducirse por este camino que durante cuarenta días nos lleva a la Pascua? Y, ¿Qué provisiones tomar para llegar a resucitar con Cristo y vivir en plenitud la vivencia pascual?

Debemos conducirnos con dignidad, esa dignidad que nos viene de ser lo que somos: hijos e hijas de Dios, amados del Padre desde toda la eternidad, salvados en su Hijo Jesucristo. Desde esta convicción y certeza caminaremos con gozo y los obstáculos y dificultades del camino podrán ser superados; porque no caminos solos, sino con Aquel que es nuestro Camino: Jesús. En él pongo toda mi esperanza, él es mi fortaleza, mi energía y dinamismo que me lleva a caminar con paso firme y ligero a su lado; siempre mirando hacia adelante, sin volver la vista atrás, apoyando mis pasos sobre sus pasos.

¿Qué provisiones poner en mi mochila para este camino de cuarenta días?

La primera condición es que mi mochila tiene que estar muy ligera de peso para que no sea un obstáculo al caminar. Entonces mi primera disposición es la sobriedad.

De qué sobriedad se trata: sobriedad en tus deseos, pensamientos, sueños y fantasías. La sobriedad te lleva a revenir a tu propia realidad concreta, y esto pasa por la conversión. ¡Déjate convertir! Evangelizar las zonas más profundas de tu corazón; es decir, deja que la gracia de la cuaresma entre en ti y te reconstruya desde el interior. Seguro que, si logras hacer esta experiencia, tu caminar será más ligero y rápido, tu alegría mayor y tu esperanza infinita.

 La sobriedad te lleva a la verdad. Vivir en verdad, hacer la verdad en tu vida. “la verdad os harás libres” (Jn 8, 32). Y, ¿Qué es la verdad? La verdad es Cristo, conocer a Cristo nos lleva a hacer la verdad en nuestra vida, pues no podemos conocer a Cristo y vivir en la mentira, en el pecado, el desorden, la esclavitud de tantos ídolos como nos acechan. La cuaresma, ante todo, tiene que llevarte a un mayor conocimiento de Jesucristo, a rechazar con energía todo ídolo que se te presente y se anteponga al amor a Jesús y a vivir en verdad y libertad.

 El conocimiento de Jesús te lleva al amor y el amor a la identificación. La cuaresma tienen que ayudarnos, a nosotros los cristianos, a identificarnos cada vez más con Cristo, y a partir de esta identificación podremos vivir esta muerte y resurrección que nos conduce a la Pascua.

Desde este conocimiento, amor e identificación con Jesús; las cuatro características propias de cuaresma serán una necesidad: el desierto, la oración, el ayuno y la limosna; en nuestro lenguaje actual, el compartir, el ayudar a nuestros hermanos necesitados, manifestada de mil maneras…. La privación en sentido de compartir, tienen un sentido mucho más evangélico que la privación únicamente como ascesis, incluso como ahorro. Pon en un sobre tus ahorros y comparte… Tu corazón se llenará de alegría, y la alegría aventaja la ascesis.
Desierto: Vivir el desierto no como una ascesis sin alma, sino como una necesidad para estar asolas con Aquel que se me ama y quiere entablar una relación de amor conmigo: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2,4). Retirarse al desierto como necesidad de escucha amorosa y de estar a solas con Dios. Descubrir la mística del desierto, no quedarse solamente en la austeridad que implica el desierto, ésta es real, pero la mística es superior.

Oración: La oración es el fruto del desierto, “acostumbrarse a soledad es gran cosa para la oración” dirá Teresa de Jesús. El desierto nos conduce a la escucha, la escucha al amor y el fruto del amor es la oración que transforma y une con el ser Amado. La oración que le agrada al Señor, es la oración de un corazón sosegado, acallado, unificado; abierto a acoger su Presencia y a vivir en su intimidad. No todos podemos retirarnos al desierto como lugar geográfico para orar; pero si podemos retirarnos, y debemos retirarnos, al desierto de nuestro propio interior. Pues el desierto no es la ausencia de las personas, sino la presencia de Dios. Y orar es vivir en su presencia.

Ayuno: El ayuno es esencial en el seguimiento de Jesús, y también para vivir una relación, justa y armoniosa entre mi yo y las cosas. No dejándome poseer por ellas ni tampoco quererlas poseer. La justa relación con las cosas, y los alimentos, consiste en reconocer con gratitud su valor, su necesidad, y como dice san Ignacio de Loyola. “Las cosas se usan tanto en cuanto me ayudan al fin perseguido”. El saber privarse, sentir la necesidad y hasta el hambre material, nos lleva a la libertad y a valorar las cosas que Dios ha creado para nuestra necesidades; y a pensar en tantos hermanos nuestros como carecen de lo más esencial, en parte por el mal uso que hacemos de los recursos de la naturaleza; del acaparamiento y la posesión desmesurada. Ahí tendría que ir orientado nuestro ayuno.

Y siendo muy importante esta orientación del ayuno material, él debe de conducirnos mucho más lejos, a ese otro ayuno del yo que es el que realmente nos quita la libertad, nos esclaviza y nos impide ver al hermano con amor, como don. Como le pasó al rico de la parábola de Lázaro (Lc 16, 19-31). Su pecado no está en que fuese rico, sino en que ignoró a su hermano en necesidad. Vivía al margen de Dios, y como consecuencia no reconoció a su hermano. El papa Francisco en su mensaje de Cuaresma dice: “toda persona es un don”. El ayuno de mi yo me lleva a reconocer el tú de mi hermano, y juntos caminar hacia la Pascua.

Compartir: el compartir nos lleva al despojo, a la generosidad, a la pobreza evangélica; y, sobre todo, a tener en cuenta al hermano más necesitado. Quien sabe compartir nunca se empobrece, antes bien, se enriquece infinitamente. La sagrada Escritura nos lo certifica; pero también la vida misma. “El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará. Cada uno según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,6-7).
Quiero terminar con las palabras del papa Francisco en su mensaje de Cuaresmas: “El cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor”. Y si crezco en la amistad con el Señor, creceré también en el amor a mi hermano, y unidos celebraremos la Pascua, la plenitud de la vida cristiana.
Sor Carmen Herrero
 

miércoles, 18 de enero de 2017

VIVIR RECONCILIADOS


 
VIVIR   RECONCILIADOS
 

Cada año, la cita del 18 al 25 de enero, marca una semana de encuentros ecuménicos, celebraciones litúrgicas, conferencias, coloquios y encuentros amistosos. Todo ello es un regalo, la gracia desbordante del Espíritu Santo que año tras año nos “empuja” a avanzar por este camino de la unidad, de la comunión, no siempre fácil, pero si esperanzador. Lo importante es avanzar, pese a que todavía hay ciertos obstáculos que nos dificultan la unidad plena y visible de todos los cristianos. El tema de este año es: “Reconciliación”. “El amor de Cristo nos apremia” (cf. 2 Co 5, 14-20). Meta y tarea apasionantes.
La semana de oración por la unidad, en este año 2017 está marcada por la celebración de los 500 años de la Reforma protestante. Un acontecimiento sumamente importante para la Confesión luterana, y también para la Iglesia católica y para las diversas confesiones y comunidades eclesiales. La Comisión Luterano-Católico Romana sobre la Unidad ha trabajado con desvelo para llegar a un entendimiento compartido de la conmemoración de la Reforma. Su importante informe Del conflicto a la comunión” nos lo demuestra. Hace 50 años, antes del Concilio Vaticano II, era increíble poder imaginarse este enfoque y orientación pastoral. Él abre caminos de unidad, siempre que cada uno lo acojamos desde una postura de conversión, de perdón y de sanación de las heridas ocasionadas por ambas partes. Como dice el Papa Francisco: “No podemos cancelar lo que ha pasado, pero no queremos permitir que el peso de las culpas siga contaminando nuestras relaciones”[1]. La presencia del papa Francisco en Suecia para inaugurar, junto con la Confesión Luterana, el 500 aniversario de la Reforma es un hecho que marca la historia y las relaciones ecuménicas entre luteranos y católicos. Y por ello damos gracias a Dios-Padre quien promueve los corazones y las conciencias en este avance ecuménico.
Por poca sensibilidad que se tenga, en lo que supone la división entre los cristianos, creo que la mayoría deseamos y queremos la unidad; como en una misma familia que todos sus miembros aspiran y cooperan para que la unidad sea una realidad. Desde este principio no se puede sino desear y suplicar a Aquel que todo lo puede que conceda a los cristianos la unidad tan deseada. Pero, ¿qué medios nos damos, la gente sencilla, los de la base, que lloramos en secreto este gran pecado que es la división, para conseguirla? Porque si bien es verdad que el camino realizado es inmenso; todavía queda mucho para poder participar todos de la misma mesa eucarística que es la unidad plena y visible de la Iglesia de Cristo.
Unos de los medios al alcance de todos, a mi parecer, es la lectura orante de la palabra de Dios, la lectio divina; porque cuanto más nos acerquemos a la palabra más cerca estaremos de Dios y más cerca estaremos los unos de los otros; y los muros de la división se irán derrumbando, cayendo por sí solos. Porque la Palabra es viva y eficaz y ella nos lleva a la conversión y a la purificación de todo aquello que no es Dios. Cuanto más nos dejemos transformar por la Verdad de la Palabra tanto más viviremos en comunión con Dios, y los unos con los otros. Ya que la Palabra nos ayudará a hacer la verdad en nuestra vida y de la verdad nacerá la unidad.
Otro medio muy importante asequible a todos, es la oración por la unidad. El padre Paul Couturier, un gran profeta del ecumenismo de siglo XX promueve: “el ecumenismo espiritual.” La oración hecha con fe mueve montañas. El Padre Congar dirá de Paul Couturier: “La gracia y la vocación del sacerdote Paul Couturier fue abrirle al ecumenismo el camino espiritual, darle su corazón de amor y de oración.”
A los cristianos, nos urgen la toma de conciencia del escándalo que supone la división entre las diferentes confesiones. Un reino dividido, no tienen fuerza en sí. Esto es lo que nos está pasando a los cristianos: la división nos lleva a perder credibilidad en el mensaje que predicamos. Lo dice el papa Francisco en “Evangelii gaudium” (cf nº 244, 246). No nos lamentemos, pues, de que muestras iglesias estén vacías y de que los jóvenes no vengan. Más que lamentarnos tendríamos que interrogarnos: ¿cuál es la causa de que nuestras celebraciones no tengan capacidad de convocatoria?
La división es un gran pecado, y el pecado siempre lleva a la esterilidad, a la muerte. La unidad, en cambio, siempre es fecunda, atrayente y portadora de vida. La unidad tiene la capacidad de convocar, de hermanar, de crear redes de comunicación y fraternidad. En ella misma radica el gozo, la serenidad y la paz. Como dice el salmista: “Vez qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos” (Sl. 132, 1).
Una comunidad unida atrae, porque transmite este valor fuertemente deseado por todos, el cual no se encuentra ni en la sociedad ni en la Iglesia, ni en las familias; y mucho menos en las estructuras, políticas e instituciones. La división es un pecado generalizado que roe y ruina toda relación, estructura y crecimiento, social y espiritual. La división es como la carcoma, que va haciendo su trabajo de destrucción, y cuando uno se da cuenta el remedio es difícil de aplicar.
La unidad es un valor “artesanal”, que requiere un cuidado exquisito, una buena dosis de humildad y de amor. Tan delicada es la unidad que fácilmente se quiebra, se rompe y se hace añicos. Y cuando una vasija de vidrio se hace añicos, ¿quién podrá reconstruirla de la misma manera, sin que queden cicatrices de las heridas causadas, resentimientos y frustraciones? Esta vasija original, algo ha perdido de ella misma y necesitará su tiempo para hacer el duelo y reconstruirse de nuevo con el mismo esplendor. Imagen que nos habla de la división-unidad en la Iglesia de Cristo.
Vemos los siglos que llevamos con rupturas y divisiones eclesiales, si bien a la división se llega fácilmente; ¡qué trabajo está costando la reunificación de la “vasija”, de la Iglesia de Jesús! Por muchos encuentros, acuerdos, declaraciones comunes de unas confesiones y de otras, de acercamientos en el proceso ecuménico muy positivos; pero sin llegar todavía a la comunión plena y visible de la única Iglesia de Cristo.
Hemos de reconocer que el camino realizado y los puentes tendidos hacia la unidad son enormes y maravillosos; y por ello damos gracias a Dios. Pero no hemos de conformarnos con lo ya realizado, con los logros alcanzados, sino que siempre hemos de tender a conseguir la unidad perdida, porque es el gran deseo de Cristo, el legado que él nos dejo: “Padre, te ruego para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17, 21).
En medio de las rupturas más significativas de la Iglesia, a lo largo de la historia, siempre ha habido personas que se han destacado, de manera profética, en el campo ecuménico, trazando un camino de comunión. Gracias a ellas, que han tenido el coraje de denunciar el escándalo que supone la ruptura de las Iglesias, y la desobediencia al evangelio de Cristo, la unidad ha avanzado y sigue avanzando hacia la comunión tan deseada. Nombrar a todas estas personas no es posible, pero si quiero destacar algunas muy significativas tanto de unas confesiones como de las otras: Empezando por el papa Juan XIII, promotor del Concilio, el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras; el primer encuentro con Pablo VI en el año 1964 en Jerusalén, que marcó profundamente las relaciones ecuménicas entre católicos y ortodoxos. Recordemos esa imagen del abrazo entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras, y guardemos en memoria la frase del Patriarca: “Es más lo que nos une que lo que nos separa.” Con este encuentro empezó un camino de dialogo fraterno que conduciría a levantar las mutuas excomuniones después de la separación en 1439.
El Hno. Roger de Taizé, otro gran profeta de la unidad. Taizé, se ha convertido en el lugar de los jóvenes y para los jóvenes de Europa. ¿Por qué Taizé tiene este atractivo y capacidad de convocatoria para los jóvenes, e indudablemente para todos? Tal vez porque su fundador supo, desde el principio dar a ese lugar un alma, y un alma de comunión desde el evangelio. Él mismo dice: “Cristo vino a la tierra, no para crear una nueva religión, sino para ofrecer a todos una comunión con Dios y con todos los seres humanos”[2]. Este es el verdadero ecumenismo, la meta de toda unidad: vivir en comunión con todos.
¿Cómo no recordar a Chiaria Lubich, esta gran mujer, fundadora de los Focolares, el Movimiento laico que más trabaja por la unidad de las Iglesias y que viven una espiritualidad de comunión? Y terminamos con el Papa Francisco quien nos invita con fuerza y convicción a caminar hacia la unidad. Conocidos son sus pasos hacia las diversas confesiones, su humildad y palabras de aliento para seguir caminando hacia la comunión.
Quiero terminar con las palabras del papa Francisco en la oración ecuménica común en la Catedral Luterana de Lund, (Suecia): “Luteranos y católicos rezamos juntos en esta Catedral y somos conscientes de que sin Dios no podemos hacer nada; pedimos su auxilio para que seamos miembros vivos unidos a él, siempre necesitados de su gracia para poder llevar juntos su Palabra al mundo, que está necesitado de su ternura y su misericordia.”
Sor Carmen Herrero Martínez






[1] Papa Francisco al presidir en la Basílica de San Pablo en Roma la misa en recuerdo de la conversión de Saulo de Tarso (lunes 25 de enero 2016).


[2] Hermano Roger de Taizé, « Dieu ne peut qu’aimer » Ataliers et Presses de Taizé. 2002.